EL ORDEN DIGITAL

sábado, 22 de marzo de 2014

LA MEMORIA DE ANDRES ARMENDARIZ/ Artículo de Oscar Bidabehere publicado en el 2008

TRAS LAS HUELLAS DE ANDRES
Foto 1969 en la Gruta de Lourdes. Andrés Armendáriz con su gorra tejida de lana, junto a sus compañeros de los grupos parroquiales.


Vengo.
¿Por qué vengo?
¿Porqué ahora?
Un río de inquietos caballos
Me galopa
El alma.

Cada caballo una voz.
Cada voz una muerte.
Cada muerte una congoja.
Cada congoja un rebenque.
Sobre los lomos del tiempo
El látigo incita memorias
De bellos rostros perdidos.
………………….
Debo hablar. Debo
(Lionel Rivas Fabbri, “Impromptu”)

Terminando enero, tras larga travesía, estaba al fin en Deseado. Había pasado mucho tiempo desde aquel tórrido verano del ´68 cuando con mi mochila cargada de sueños e incertidumbre partí a la universidad. Ávidos de descanso, recalamos en EL CINCO, la posada que me albergó junto a mi compañera, verdadero oasis de manzanillas floridas, calafates, liebres al acecho y una pareja de búhos magallánicos que curiosos deambulaban en torno nuestro. Al trasponer cual arco del triunfo, el otrora túnel ferroviario, me interné en ese lugar donde el aire se aquieta y el silencio solo es interrumpido por el canto de confiados pechos colorados ajenos a la hostilidad humana. El mar estaba cerca pero el serpenteo rocoso lo ocultaba de nuestra vista. El rumoroso aleteo del viento me acariciaba con aspereza en esos cañadones de lava coagulada, labrados en la fundición del universo. Formas caprichosas de ojos que me escrutan inquisidores, impávidos en su mudez, como interpelándome, pusieron en carne viva un sentimiento que hibernaba a cubierto de la lejanía de esas tierras. Una verdad incomoda me tomó por asalto. Caminaba entonces por el Quitapenas, ensimismado, espantando mis fantasmas. Cuando caía la noche tuve un encuentro no anunciado, una respuesta a mi inquietud que terminó por decidirme. Quizás un llamado, una señal de esas inexplicable. Para los que creen, un telegrama del mas allá. Aquel ocasional cruce, fugaz e iluminador, me puso frente a una ausencia incrustada en el pasado. Se trataba de la hermana mayor de Andrés, la que nunca se fue, la que puede dar testimonio. Había otras personas, pero aun así, con la emoción contenida, tuvimos palabras que calaron hondo en mí, removiendo el fondo de los recuerdos.
Estábamos en el festival del marinero, en medio de una marea humana en la cual me sentía sapo de otro pozo, y aunque las calles eran las mismas que transité en mi niñez, la mustia y ajada fachada de la confitería del club Ferro denunciaba el paso del tiempo. El paisaje urbano, fruto de las migraciones, había mudado definitivamente, sepultando un ayer del cual quedan pocos testigos. Allí estaba el cine Español al que tantas veces acudí y que me parecía entonces un teatro grandioso. En sus escalinatas romanas vivíamos la previa al ingreso al colegio secundario que se levantaba a la vuelta. Todo más pequeño a mis ojos cansados, sin el mismo brillo de antaño. Luego vino el recital de Víctor Heredia, en madrugada fría y serena, tañían la campanas de su Razón de Vivir y un homenaje que unió a pueblo y autoridades con aquel juglar empeñado en que no se olvide, que se exhume ese historia silenciada del terrorismo de estado, que se haga justicia. Me dije, hay alguien que dejó un pedazo de su vida, justamente allí, y que no aparecía a la hora de honrar a las víctimas. Quizás por ignorancia o por temor, quizás por complicidad con una etapa negra, que mal que nos pese no transcurrió lejos, y que dejó entre nosotros los deseadenses sus jirones de dolor y muerte. Llegó el momento. Debía hablar y lo hice, por televisión, pero no alcanza. Debía hacer algo para que el hecho no se pierda en los pliegues de la memoria, debía rescatarlo y traerlo a luz. Ya pasaron treinta años. Fue un día, a comienzos del otoño, esa estación desposada por el viento empeñada en desnudar los árboles poblando de hojas la gramilla y tapizando en su derrotero las veredas. La noticia sacudió mis entrañas. Había caído Andrés, mi compañero de tantas jornadas allá a en Deseado, mi pueblo querido. Andrés Maria Armendáriz Leache, español, venido de tierras navarras, católica si las hay, asesinado en medio de la orgía de sangre que sumió a nuestro país, mi país, el que él eligió para vivir y donde enarboló el mensaje evangélico como estatuto de vida. Una muerte violenta, atroz, una juventud robada que podría haber sido la mía. Sobrevivir para contar, deber irrenunciable. Me agito, hay calles, colores, texturas, los mismos sonidos, una adolescencia poblada de alegrías, privaciones, sacrificios y utopías. Hace años que abandoné la fe cristiana, mas o menos los mismos que los que me separan de aquella noche polar. Con sapiencia arqueológica fui juntando los fragmentos de aquella simiente que nos encontró juntos y que él continuó hasta ese final no querido. No se puede pensar el futuro si se desconoce el pasado. El olvido es traición y a esa afrenta no voy a someterme. Un puñado de vivencias que se hacen diáfanas al respirar esa atmósfera marina, mezcla de algas, salitre y un símbolo, la ondulante presencia de las toninas siempre prestas para salvar al naufrago. Haré volar el recado, como paloma mensajera hasta los oídos de los más jóvenes. Veamos. Por esos tiempos con un grupo de adolescentes ocupábamos nuestros fines de semana navegando la ría, recorriendo las islas, lo hacíamos a bordo de una lancha de la Prefectura, ironías del destino. A las puertas de la Bahía Uruguay atracábamos en un islote poblado de conejos grises, sí grises, como los días que vivía la lejana Buenos Aires. Los corríamos vanamente, sin poderlos alcanzar, cerrándoles el paso, y mordiendo el polvo de la derrota ante tan peregrina idea. Verano del ´66, feroz cacería para imponer la preeminencia, despreocupada fiesta lejos de los barrotes que clausuraban el país amordazando las ideas. La política como si fuera un virus contagioso, según nuestros ocasionales consejeros, que amenazaba seducirnos para llevarnos a la perdición. Entre aquellos jóvenes estaba Andrés, ignorante que lo separaban poco más de diez años del trágico final, todos en algún momento fuimos conejos grises. Juntos habíamos empezado a construir un camino solidario que abrevaba en el mandamiento del amor al prójimo, el acto de desprendimiento y entrega más noble de la especie humana.
En medio de un panorama de casas chatas, en madera y zinc, con su policromía de rojos, verdes y grises, un día cualquiera nos encontramos armando un centro juvenil, en el subsuelo de aquel petit rascacielos, levantado en bloques de cemento, sede de la sacristía y donde se alojaban los sacerdotes y algunos laicos que oficiaban como instructores, maestros y profesores, una verdadera cofradía de personajes hermanados por el desarraigo y la vocación de misionar. En los pisos superiores también había una amplia biblioteca atiborrada de libros y una curiosa colección de animales embalsamados por un peculiar procedimiento que tenía como inspirador al polifacético Saracano. Allí mismo juntamos mesas de ping pong, un pequeño tablado donde hacíamos música, algunos billares, mesas para jugar naipes, y tableros de ajedrez, donde aprendimos a abrir nuestra mente urdiendo estrategias de triunfo. En una pequeña oficina fundamos la Acción católica. Andrés no se andaba con ambages, acometió la tarea invitándome a acompañarlo junto a Lionel, quien nos llevaba algunos años. Allí, en ese oscuro sótano, iluminado por la vitalidad de muchas risas juveniles, comenzó nuestra corta, apenas tres o cuatro años, pero intensa historia común. La juventud se apasionaba, amiga de los extremos y de la entrega sin reservas, tanto amaba como sufría. Estábamos en el Covadonga sumergidos en un encuentro juvenil, debatiendo nuestras cosas, cuando nos llego la noticia. Un joven, uno como nosotros, se había quitado la vida en lo alto de una roca que miraba a la piedra Toba, mudo testigo de los hechos. A todo o nada, las razones remitían a un amor no correspondido. Angustias que estallaban, espíritus acorralados como el de aquel otro joven sensible punteando la guitarra, que me inició en el rito rockero por Elvis Presley, a quien gozábamos desde la platea del Cine Español. También una noche, inopinadamente, eligió la roca mas alta que flanquea el puerto local para arrojarse a la ría y terminar con su dolor contenido El suicido joven con toda su épica y su carga de incomprensión, de los que no se guardan nada a la hora de jugar su destino. Pequeñas historias que nos van marcando, justo en el momento que tenemos todo por hacer, la congoja se sienta a la mesa con la vida.-
El sermón de la montaña nos había cautivado particularmente y allá fuimos en busca de acólitos para la empresa militante que inaugurábamos. Por esos días Andrés había ingresado, tras recibirse en el colegio comercial, como asistente en un estudio jurídico, ejercitaba pulcramente el oficio de escribiente a máquina y esa gimnasia le servía para armar los stencils del periódico impreso en el mimeógrafo emplazado en un aula del colegio San José, contiguo al templo, aquellas que miran a la estación de piedra del ferrocarril. Sábado a la noche, nos entintábamos en la tarea, el tipiaba, yo le daba a la manivela, y por fin veían la luz aquellas páginas destinadas a los jóvenes. Referencias al evangelio y la inspiración siempre presente del látigo expulsando a los fariseos del templo. A fines del ´67 me aprestaba a partir a la universidad, fue cuando emprendimos el último viaje todos juntos, a El Calafate, acaudillados por el padre Renato. Campamento en el bosque, a la vista de los hielos milenarios y aquellos versos, entonados con ahínco, sabedores quizás que ya no nos juntaríamos:”huye la luz, se esconde el sol, pero nunca ha de morir la luz de la amistad”. Hasta tuvimos tiempo de enhebrar algunos versos con la música de Paisaje de Catamarca que luego estampamos en las páginas del boletín parroquial. Algunos de aquellos contertulios permanecen aun en Deseado, la mayoría se dispersó por los caminos de patria en busca de otras perspectivas.
Recuerdo a Andrés enfundado en su traje de chupatintas, con su cabello, claro como las mieses, en rebelde remolino y una sonrisa pícara, heredada de su padre. Vital, amaba las montañas de su tierra, y a aquel escalador, que subido sobre las dos ruedas de su bicicleta ponía de rodillas a la flor y nata del ciclismo europeo: Federico Bahamontes, su ídolo. Le brillaban los ojos hablando de ese sube y baja demoledor. Su agudeza desarmaba al que tenia enfrente, muchas veces hasta cohibía para no pasar el ridículo, daba la impresión de estar un segundo antes en la percepción del entorno y de lo que se avecinaba. Saber mirar, atravesar al otro para correr los velos que nublan el alma. Cultor precoz de la fotografía, armó un pequeño laboratorio en los fondos de su casa. Una tarde cualquiera nos encerramos en ese cubículo, acompañados por una tenue luz roja, y un montón de cubetas donde mágicamente la emulsión trabajaba poblando el papel blanco de rasgos de mujer, los fue colgando hasta inundar el lugar con esos ojos negros, que acariciaba como un pequeño Dalí ante su obra realizada. Donde estábamos, el amor de pareja rara vez atravesaba las barreras del sentimiento platónico. Eran tiempos de relaciones prematrimoniales no, relaciones prematrimoniales sí. El deseo se enmendaba con la mortificación.
El tiempo se hizo ancho, fue en noviembre del ’75 que un acontecimiento familiar nos reunió por ultima vez, hacia tiempo que no nos veíamos pero conservaba la sagacidad y lucidez que le había conocido, no exenta de una sonrisa plena y seductora, nada hacia presumir la cercanía del final, ya Osvaldo, mi hermano, llevaba casi un año preso, victima de los preparativos golpistas urdidos en las sombras con ruido a cuenta regresiva. Antes se nos había hecho carne la búsqueda de un camino que libere a los oprimidos, que borre la injusticia de un mundo dividido entre ricos y pobres, fuimos así abonando la idea de construir el Reino de Dios aquí y ahora. Me contó de sus estudios en la UBA, la licenciatura en relaciones humanas, su trabajo como delegado de la juventud trabajadora peronista, su vocación de servicio plasmada y los brazos bien abiertos para amar sin guardarse nada, experiencia mesiánica de la que fue despertado brutalmente. La noche. Imposible soslayar el día fatídico, hay una coincidencia que oficia de mojón histórico, por esas horas era ejecutado también Rodolfo Walsh, verdadero trasgresor, a la mordaza impuesta, con su Carta a los comandantes. Cumplíase un año de la dictadura. Pieza testimonial única, lectura obligatoria en las aulas, de sur a norte, la verdad irrefutable sobre el horror. Nunca más. Según la información acopiada por la comisión española creada en el 2005 para ocuparse de los ciudadanos de ese país detenidos-desaparecidos y asesinados, se concluye que nuestro amigo es ejecutado sumariamente un veintiséis de marzo del ´77. Nada más sobre el cómo y el porqué. Muchos como Andrés habían quedado desguarnecidos, a la intemperie, abandonados a su suerte por quienes, habiendo oficiado como conductores, huyeron a la clandestinidad. Sálvese quien pueda y ese miedo que serrucha las certezas. Presa fácil. Con su compañera fue chupado y llevado a las mazamorras montadas por el terrorismo de estado, su cuerpo mutilado y su convicción sacrificial nunca mancillada. Solo podría imputársele el pecado de amar. Es cuando en medio de la bruma del tiempo resuena la voz de Lionel, nuestro común amigo, poeta eximio, bajando las escaleras , recitando el romancero gitano, rememorando su paso por el conservatorio nacional en cuyos pasillos se cruzó muchas veces con el mismísimo Alfredo Alcon. Los versos de Federico García Lorca descendían como una música que recorría la nave del centro juvenil y subían hasta la azotea, envolviendo con una calida brisa ese cubo gris. “A la cinco de la tarde. / lo demás era muerte y sólo muerte/ a la cinco de la tarde.¡Ay que terribles cinco de la tarde!/¡Eran las cinco en todos los relojes!/ ¡Eran las cinco en sombra de la tarde.
Las despedidas. Las ausencias. Verbos conjugados con lágrimas. Se dice que la fe mueve montañas, de las montañas vino. Hay un proverbio chino que dice que hay muertes que tienen el peso de una montaña y otras que pesan lo que una pluma. La de Andrés seguramente estará enclavada en la cima de las montañas de su Navarra y su espíritu anidará en las paredes de la gruta de Lourdes, la del cañadón de las Bandurrias, la que tantas veces nos encontró en peregrinación.
Estamos en tiempos que rememoran aquellos episodios, sería bueno que la comunidad de Puerto Deseado, con sus autoridades a la cabeza, los que fatigan sus calles predicando y los que no, los que aman la justicia y los que permanecieron callados cuando había que hablar, desentierren ese pasado que también los alcanzó con sus ramalazos de muerte y hagan la conmemoración que merecen quienes como Andrés difundieron su mensaje de amor trunco. Los vientos de la memoria han descubierto sus pisadas, afloran los estigmas de Cristo, se escuchan voces, ya sus ecos cimbreantes laten en torno nuestro, imposible eludir su presencia.

Oscar Armando Bidabehere. Marzo de 2008. Olavarria. Provincia de Buenos Aires