EL ORDEN DIGITAL

miércoles, 27 de febrero de 2013

DORA BAZTAN EN EL RECUERDO/ Emotivo texto de Susana Ceballos


En el año 1987 me mudé a Puerto Deseado. Era una joven maestra de 21 años con muchos sueños, poca experiencia y escasos conocimientos de la vida. Sin embargo, a esa edad los sueños pueden más que las realidades. Las hermanas de María Auxiliadora me habían ofrecido dos puestos docentes y además vivir en el colegio en una habitación que acondicionaron para mí.

Pero, como decía al principio, los sueños pueden más que las realidades. Y mi sueño de ser “maestra en el sur” no contó con una realidad: extrañaba muchísimo, sobre todo a mi familia.

Apenas llegué me sumé a la comunidad parroquial. Fue ahí donde conocí a Dorita López. Ella ya me había “descubierto” antes -como me dijo después en una charla- cuando en un té de exalumnas en el colegio de las hermanas me encontró solitaria y pensó “esta chica debe extrañar mucho”. Pero Dorita no solo pensaba también actuaba. Porque eso de “amar al prójimo” para ella no era una frase sino una manera de vivir. Sin imponerlo, con una amabilidad que solo tienen las personas que aman una tarde me propuso. “¿No querés tomar el té en casa?”. Acepté sin saber con lo que me encontraría. Porque Dori me recibió con el té y el café preparados y el dulce que me gustaba, tostadas tibias y un budín increíble y galletitas y…. Y sobre todo me recibió como solo una mamá puede recibir a una hija que extraña. Me preguntó cómo andaba, charló, me escuchó y yo sentí que algo muy tibiecito se instalaba en mi corazón y crecía cada vez más: la admiración y el cariño por esa mujer. A esa merienda la siguieron otras  y siempre eran igual de “mágicas”. Recuerdo que entre risas le decía a Dori que estaba segura que si el mismo Jesús se presentaba a merendar era imposible que ella pudiera tratarlo mejor de lo que me trataba a mí. Porque eso era vivir el Evangelio para ella, invitar a una maestra que recién conocía a tomar el té y tratarla como al mismo Hijo de Dios en quien creía y acerca de quién daba catequesis.

Recuerdo una “travesura”. Como  la mayoría de los jóvenes yo también deseaba salir a bailar, pero lógicamente al vivir en el colegio no tenía las llaves para regresar tarde y  a las religiosas de esa época tampoco les parecía bien otorgarme ese permiso. Así que Dori todos los sábados a la tarde pasaba por el colegio y les decía a las hermanas que me invitaba el fin de semana a su casa a “preparar la catequesis familiar”. Lo hacíamos pero yo me quedaba a dormir y bué… los sábados sabía que la puerta de la cocina permanecía abierta para que pudiera volver del Jackaroe sin dar explicaciones de horarios.

Siempre admiré de Dorita esa mezcla de “glamour” con sentido común. Nunca la vi mal peinada o vestida. Sin embargo, podía insultar  sin perder un ápice de su estilo a aquellos que prefieren servirse de la Iglesia que servirla, los que lastimaban a los suyos o a Deseado. Alguna vez me enojé con ciertos comentarios maliciosos o envidiosos que la criticaban. “Demasiado careta para Deseado”, acusaban los discípulos no reconocidos de Torquemada. Pero creo que era exactamente lo contrario. Dorita era auténtica. Era la misma que con su peinado impecable abría su casa para organizar o realizar todos los encuentros de catequesis y se quedaba ordenando el desorden que eso generaba. La que participaba de todas las actividades de la comunidad y ponía el auto para llevar cacerolas y carpas a los campamentos. La que llamaba a la mamá que quería dejar la catequesis familiar y la convencía de que siguiera. La que daba catequesis porque creía y amaba a Dios y no porque estaba aburrida o era una actividad de moda… Dorita era la que leía el Evangelio pero sobre todo lo practicaba.

Pasó el tiempo y me volví a Buenos Aires. Un día me dijeron que Dorita estaba enferma. Por esos misterios de Dios (o maldiciones de la vida) el diagnóstico era el de una enfermedad que degrada poco a poco a la persona. Pensé cómo tomaría Dori esta noticia, justo ella siempre tan impecable. Fui a su encuentro pensando qué decir cuando no hay nada qué decir o cuando todo lo que uno pueda decir resulta desubicado o inútil. Llegué a su casa y ahí estaba Dori con su sonrisa y la merienda preparada. Ahí estaba Dori, hablando de su enfermedad y asegurando: “si quiere ganarme lo hará pero antes le voy a dar pelea” Y vaya si la dio!!! Recuerdo que me contó de los diagnósticos y tratamientos. Pero también me dijo que en medio de su quimio había ido a ver a una vecina de Deseado internada en Buenos Aires por problemas de adicción y que iba a ir a visitar a otra persona que andaba medio deprimida y volvió a hablarme con orgullo de sus hijos y de sus nietos y me preguntó por mi vida. Recuerdo que me dieron unas ganas terribles de abrazarla y que no lo hice porque una muchas veces se “tontifica”. Porque ahí estaba Dori con un diagnóstico que destrozaba su futuro pero ella seguía fiel a mejorar el presente de los que la rodeaban… Recuerdo que me dijo que no entendía muy bien lo que quería Dios con esta “prueba” que le mandaba, pero en ningún momento se quebró su fe. Eso sí, insultó a la enfermedad con el glamour que la caracterizaba…

Esa tarde me fui pensando que hay muchas personas que leen el Evangelio, otras que lo creen pero muy pocas que son capaces de vivirlo. Dorita pertenecía a esa minoría… Muchos esperaban un milagro que la curara, ahora pienso que el milagro era ella: una persona que vivía el Evangelio.

Un día Dios decidió que ya era demasiado y decidió llamarla. Una de sus hijas me contó que murió como vivió. No enojada o enloqueciendo a los que la rodeaban. Se despidió de todos, pidió perdón y hasta se encargó de remarcarle a su nieta que cumplía 15 años que festejara, que aunque ella no estuviera igual iba a estar…

Supongo que el día que se encontró con Dios también estaría José Koltum con el mate preparado y un salmo esperándola para darle la bienvenida. Me imagino que en ese momento ambos la acompañaron hasta un lugar donde estaba servida una merienda increíble y maravillosa. En ese momento el Koltun le habrá guiñado un ojo y el Tata Dios le habrá dicho. “Viste Dori todo lo que hiciste en la Tierra por uno de los pequeños por Mi lo hiciste. Bienvenida y gracias por tu coherencia”.

Gracias Dori por tu vida, la pucha que se te extraña…

Susana Ceballos