EL ORDEN DIGITAL

viernes, 12 de noviembre de 2010

Juan y Laura viajan a dedo por el mundo/ Comentarios de su paso por Puerto Deseado

Al día siguiente retomamos la ruta, viento en contra, esperando esta vez sí llegar a San Julián. Tengo la sensación de que si le ato una soguita a Juan en la cintura, lo remonto como un barrilete.


No esperamos mucho hasta que un vehículo se detiene. Se trata de Aníbal, un constructor que vive en Puerto Deseado. Esta ciudad, que se ubica justo en esa pancita sureña de nuestro país, está a unos 100 km de la ruta 3. Teníamos ya referencias sobre la belleza del lugar, pero no queremos tomar semejante desvío. Previendo las intenciones de nuestro conductor, le contamos que aunque nos encantaría visitar Deseado ya tenemos cita en San Julián debido a nuestro proyecto educativo. Aníbal nos escucha con atención, pero nuestro argumento no parece convencerlo. Sí se interesa sin embargo en el objetivo de las charlas, entonces nos canta truco con una carta a la que no podemos vencer: “¿Y no les interesaría dar esa misma charla en Deseado? Allá hay una fundación, yo los puedo presentar. Y por el alojamiento no se preocupen porque conseguimos el albergue municipal” Nosotros, que ya hemos aprendido a escuchar las señales de la ruta, nos vemos acorralados con semejante invitación que parece no tener fisura alguna, y terminamos aceptando el desvío. Ni bien su celular capta algo de señal Anibal comienza a hacer llamadas, hablándole a todo el mundo de nosotros, con un entusiasmo que contagia.

Llegamos al pueblo y ya nos esperan en la radio para hacer una nota. Luego a la municipalidad, y lo que podía ser un inconveniente se resuelve antes de que alcancemos a preocuparnos: el albergue municipal está repleto, pero Pamela, la coordinadora de secretarías nos ofrece su casa. De ahí a la casa de Marcos Oliva Day, un personaje muy respetable de este pueblo, que dirige la fundación “Conociendo Nuestra Casa”. La idea el lograr coordinar una charla para mañana, cosa que conseguimos.

Si algo he aprendido en este tiempo de viaje es que uno nunca sabe a quién tiene en frente. A veces quien aparenta ser un eximio termina siendo un señor estafador, o por el contrario, quien demuestra simpleza resulta ser una persona digna de admiración. Y este es el caso de Marcos. Con la misma naturalidad con que uno habla sobre su vida, él conversa acerca de navegantes, comenta la historia del pueblo o nos informa sobre fauna local. Como si no fuera consciente de todo el conocimiento que imparte, nos cuenta entre sonrisas que fue uno de los primeros en cruzar el Cabo de Hornos en kayak y que junto a unos intrépidos amigos descubrió en su juventud un naufragio de más de 200 años, que hoy es el eje de un museo. Todo un goonie contemporáneo.

Puerto Deseado tiene varios factores que lo distinguen de todo lo que venimos viendo hasta ahora, pero definitivamente lo que más se destaca es la ría. Para quienes desconozcan (yo tampoco lo sabía hasta acá), la ría es una entrada del mar en el cauce seco de un río. Este fenómeno tan poco común le da a esta ciudad un encanto natural inigualable y sorprende que siendo tan pintoresca no sea un destino turístico explotado. Ojo, las estadísticas engañan: si uno consulta a las autoridades va a encontrarse con un porcentaje de ocupación hotelera que sorprende en contraste con la falta de visitantes que se advierte en las calles. Esto se debe a una simple y curiosa razón: en Puerto Deseado los albergues transitorios están vedados, lo que resulta en amantes que se disfrazan de turistas para satisfacer fantasías de orden político, no sexual.

Pero la belleza natural de la ría no es lo único que se distingue. Mientras que todo a lo largo de la ruta 3 las construcciones están hechas de chapa o madera sobre la extensa planicie, en este pueblo abunda la piedra. Nos encontramos entonces con una arquitectura distinta, creativa y resistente. Tanto, que aún se mantiene en pie la estación de ferrocarril. No es sin embargo ese el detalle que sorprende y encanta, ya que si hay algo que abunda en nuestro país son los pueblos entristecidos que recuerdan hoy el esplendor que alguna vez conocieron sobre las vías. Lo que distingue a Deseado es la vigencia de esos lazos que unen a la gente con el tren. Sentí la piel de gallina al entrar en la estación, donde todo está tal cual estuvo alguna vez, permitiéndome sentir por unos instantes que vivía en carne propia esa época floreciente que ya era historia cuando yo nací.

Pero esto no es casualidad, es la propia gente de este pueblo la que se resiste a darle la espalda al pasado, la que se enorgullece de ser uno de los pocos lugares, sino el único, en donde este patrimonio se conserva intacto, y la que lo muestra sabiendo que lo que se tiene más que una pieza de museo es un tesoro. Tan claro tienen este concepto, que en una de sus plazas es posible admirar un vagón que fue rescatado por todo el pueblo de las manos amigas de lo ajeno, esas que sin ser de nadie desmantelaron todo cuanto encontraron a su paso. Acá no les fue tan fácil, los vecinos rodearon el vagón, hicieron vigilia y consiguieron que el mismo se quedara a donde pertenece. Aníbal me dice entre lamentos y orgullos: “el tren se murió, pero el reloj sigue vivo”, señalando la torre de la estación.

Más entrada la tarde somos recibidos en casa de Pamela, quien con toda confianza nos deja las llaves y se muda por unos días, para que estemos más cómodos. Infinitos agradecimientos.

Al día siguiente visitamos la Secretaría de Turismo, en donde también nos reciben con los brazos abiertos. Ellos parecen tan encantados como nosotros de que estemos en Deseado, y es el mismo secretario en persona quien nos sube a su auto y nos lleva a recorrer la costa, el cañadón del Indio, y los acantilados en donde anidan los cormoranes.

El viento roza los 80 km, lo que dificulta moverse, mucho más mantener el pulso y sacar fotos. Caminar implica un esfuerzo importantísimo, y no es difícil creer que si se abren los brazos finalmente lograremos volar. Aunque disfrutamos de estas condiciones por su novedad, lamentamos no poder salir a navegar con Marcos.

Al día siguiente nos vamos, no sin antes despedirnos de toda la gente que hemos conocido en este lugar escondido, como tesoro de piratas. Los 120 km que lo separan de ruta 3 son tiranos. Esa distancia que en proporciones porteñas sería insignificante, para este pueblo representa el aislamiento, la exclusión. Llegaron a agradecernos que hubiéramos hecho el sacrificio de tomar el desvío para visitarlos…

No puedo evitar pensar a Deseado desde un aspecto técnico, y súbitamente ideo un plan de difusión para promover el destino, acompañado de una buena política turística que incluya opciones de transporte y alojamiento. Sé que este lugar tiene para ofrecer mucho más que otros que ya están explotados. Pero entonces me doy cuenta de que todo el plan comercial que acabo de idear empañaría el brillo con que el pueblo nos hechizó. Seguramente la simpleza de sus habitantes se vería corrompida por la ambición monetaria que suele surgir junto con la actividad turística, y entonces Deseado pasaría a ser un destino más. Suerte que puedo darme cuenta de eso… La universidad nos forma para explotar nuevas oportunidades, y a veces los lugares explotan literalmente y terminan siendo vulgares vestigios de cuando eran encantadores. Borro completamente mi plan turístico para la ciudad. Me conformo simplemente con dejar sentado en este blog que aún existen lugares inexplorados que valen la pena visitar. Puerto Deseado es uno de esos, y yo los invito.

Laura Lazzarino
http://losviajesdenena.blogspot.com/