EL ORDEN DIGITAL

martes, 24 de julio de 2007

OPINION/ De la soledad a la furia

De la soledad a la furia

El conflicto desatado en los trabajadores de la pesca en Puerto Deseado provoca necesariamente reminiscencia a conflictos anteriores. El de los petroleros en Las Heras, el de los marineros en Puerto Madryn. Luego de la tormenta, el análisis posterior, indefectiblemente culmina en una aseveración: «perdieron todos». Y en Deseado no fue distinto.
Al igual que Las Heras, existe un dato que no es menor, la sensación que bajo el análisis de que era «un conflicto entre privados», la tibia mediación estatal ayudó a la precipitación de los acontecimientos. El conflicto no empezó el viernes, hoy hace exactamente 20 días que la punta del iceberg apareció con el bloqueo a las plantas pesqueras, que en aquel momento no era tan preocupante, por la simple razón que el trabajo ya había mermado a partir de la existencia de otro conflicto gremial entre las pesqueras y el Sindicato de la Alimentación (STIA).
En ese sí hubo intervención de las autoridades laborales, después de una conciliación obligatoria marcada por la presión sobre las empresas a partir de su necesidad de producir, la intransigencia de los trabajadores y la opinión de la autoridad laboral de que «el negocio de la pesca es rentable» el final era anunciado. El conflicto terminó sólo cuando las pesqueras se avinieron a cumplir con la totalidad de los planteos de los trabajadores de la STIA y a contrapelo de lo que fue el acuerdo que ese mismo gremio hizo a nivel nacional. Obviamente esto hizo que el reclamo de los marineros del SOMU se profundizara ¿Porqué ellos iban a conformarse con menos que sus pares de la alimentación? Ratificaron su planteo de «todo o nada»
Ese reclamo de los marineros tiene dos frentes claros. Por un lado el paro iniciado por la delegación local del SOMU junto a los Marineros Santacruceños que tiene como adversarios al SOMU Central al cual le reclaman por el Convenio Colectivo firmado con CAPECA. Por el otro lado, exigen a las autoridades nacionales ser eximidos del impuesto a las ganancias. En ambos casos, ni las plantas y sus trabajadores, ni la comunidad, que depende económicamente de la pesca, son responsables aunque sí fueron los principales perjudicados por el paro de los trabajadores.
No se puede dejar de destacar la soledad y virulencia con que se desataron estos conflictos. La única delegación del SOMU que se alzó contra el Convenio fue Deseado, en el resto de los puertos de la provincia y el país hay calma y trabajo al igual que la única delegación del STIA que exigió mayores aumentos que lo acordado por la Federación también fue la de Deseado. Y eso no es un dato menor, mucho menos en épocas electorales y cuando el intendente de la localidad tiene ambiciones para su futuro político.
Antes que la violencia y el caos se desatara, sólo en un punto empresas y trabajadores coincidían «no tenemos un interlocutor válido con quién hablar» sostenían en referencias a las autoridades laborales.
Mauro Paillaqueo dijo a esta periodista que «todos somos responsables, en primer lugar los hacedores de política que nos dejaron solos y no nos contestaron los llamados, en segundo lugar las empresas que no quisieron sentarse a dialogar y en tercer lugar, nosotros también somos culpables, porque esto se nos fue de las manos» aseguró.
«Se nos fue de las manos», nada más cierto, pero no sólo a los trabajadores que provocaron los destrozos, también a quienes debían mediar y no lo hicieron, a la Justicia que tenía la denuncia penal por el bloqueo al parque Industrial y no actuó y a las empresas que deberían haber puesto mayor énfasis en un diálogo directo que nunca existió.
El gobernador Peralta debió salir a mediar en forma directa en la búsqueda de mantener la forzada calma que llegó luego de la furia promoviendo una mesa de diálogo que lo tendrá como garante del mismo. La gran pregunta es ¿era necesario?. Quizás si se hubiese actuado antes, las cosas serían distintas y el mandatario provincial, que se aproxima a paso agigantado a la campaña electoral en la que todo hace prever lo tendrá como protagonista, no tendría que salir asumir un costo de un conflicto, que es cierto, es «entre privados» lo que no exime a las autoridades laborales a intervenir, no sólo porque están para eso, sino porque se trata de la actividad central de toda una comunidad y desde ese punto de vista, también es fundamental mediar en los reclamos que desde allí surjan.
Ahora, nuevamente como ocurrió con el conflicto de petroleros en Las Heras, el gobierno nacional estudia elevar el mínimo imponible, aunque los trabajadores de la pesca piden directamente se los exima del mismo.
Como todo conflicto que termina mal, la sensación que podría haberse evitado flota en el aire. Así pasó con la muerte de Sayago (casualmente el impuesto a las ganancias era tema de discusión), pasó con los docentes (que se llevó puesto a un gobernador) y pasa ahora con los marineros que terminó con la ciudad bajo humo.
El propio Peralta se ha cansado de reiterar desde que asumió que “se tiene que apostar al diálogo bajo cualquier circunstancia”. Sin embargo la presencia de más de un interlocutor, ya que quienes hablaban con los trabajadores no eran los mismos que dialogaban con los empresarios, fomentó una suerte de teléfono descompuesto. Evidentemente la prioridad de diálogo, premisa de este gobierno, no fue bien entendida por quienes debían abogar por ella. Es indiscutible que en Puerto Deseado fue la falta de diálogo lo que llevó las cosas a un punto que sólo luego de una explosión de violencia se comienza a transitar un camino que se debería haber garantizado que nunca, ni trabajadores ni empresarios, hubiesen abandonado.

Irene Stur/ Prensa Libre